Mi pasión por el reciclaje y lo que hoy se da en llamar suprarreciclaje (también conocido como upcycling, en inglés) nació como resultado de mi conciencia ambiental, mi creatividad y mi interés por el diseño y la decoración, claro. Pero mentiría si no te contara que fue también por motivos económicos.
Vivía en un espacio reducido y, como no tenía dinero para comprar ni los muebles más básicos, comencé a deslumbrarme con los que otras personas dejaban en la calle.
Muchas veces eran cosas que estaban en buen estado, seguramente porque se habían comprado nuevas y ya no las necesitaban. Y otras tantas abandonaban objetos sucios o con manchas que podían limpiarse, que tenían algún defecto que se podía arreglar, o alguna aparente inutilidad que se podía revertir.
De este modo me volví una experta en detectar potencial. Donde otros veían basura yo veía un tesoro.
Lo mismo fue ocurriendo con materiales que habitualmente se descartaban: telas, corchos, latas, frascos, tapas de botellas, todo servía para volver mi espacio más personal y hogareño.
Así fue como empecé a fluir en esto del diseño amigable con el ambiente. La sostenibilidad pasó a ser mi manera de ver el mundo y de protegerlo a la vez. Y no fue casualidad.
Además de haber trabajado muchos años en la comunicación de estos temas, me dediqué a estudiar académicamente los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) adoptados en 2015 por la Organización de las Naciones Unidas.
Aunque los 17 ODS están interrelacionados, en este blog promuevo particularmente el número 12, que apuesta a una producción y un consumo responsables.
También cuento las historias de cada uno de los nuevos objetos. Todos nacieron de un personal proceso creativo que disfruté de principio a fin.
Aquí comparto varios de esos lindos ejemplos que tanto me gratificaron.