El sofá que me esperaba en el salón del sótano era, literalmente, una belleza. Pero el paso del tiempo había dejado huellas en él, y comprendí que mi tarea sería disimularlas.
Repitiendo pautas en una estantería
Un servicio de bar se deshizo de un montón de vasos. En simultáneo, una familia donó platos que ya no iba a usar. El sótano, más que agradecido.
Cocina ajena con sello propio
Me encanta cocinar. Quizás por eso me regocijó la sola idea de convertir aquel rincón en el más hogareño del sótano.
El sótano, el baño y el plan
Decorar espacios ajenos ya era para mí toda una responsabilidad cuando me enfrenté a un plus: el baño. Ya habían puesto una cortina en la ducha, con un estampado que jamás habría elegido, pero decidí respetarlo y adaptar el conjunto a ese detalle preexistente.
El reloj detenido
Había pasado un año desde que me aventurara en un galpón ajeno. Supe que era el momento justo para sacar a relucir otro de los tesoros encontrados en aquel territorio, a priori tan desolador como un tiempo que ha dejado de latir.
Bolsillos para organizarlo (casi) todo
Me entusiasmé tanto con el suprarreciclaje textil que, un buen día, me encontré dedicándome a una tarea que hasta entonces no me había gustado ni un poquito: la costura.
Un revistero de cortinas
Una fábrica de cortinas desechó un montón de catálogos. En improvisada fiesta de texturas y colores, me rendí ante los encantos de esos tejidos espléndidos.
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Las maderitas apretalibros
Unas maderitas desperezándose al sol. Un sol cada vez más impiadoso con quienes a él se exponen sin filtro. Una mirada que filtra lo que otros ignorarán por pereza. Unas asperezas que tendrán que ser limadas para dar lugar a algo nuevo.
Un cajón-bodega
Pasé junto a él y no pude mirar para el otro lado. Era un cajón grande, como de una cómoda. Estaba en medio de la acera, ya resignado a la falta de una estructura que lo contuviera. Ignoraba que aquella aparente condena daría inicio a una bella transformación.
Las chancletas, las flores y el vuelo
Tan curtido estaba el par viejo que, antes de que colapsara, decidí comprarme uno nuevo para cambiar de pisada. Igual conservaría el anterior. Los caminos andados van conmigo a todos lados aunque esté descalza.
Un cuadro reversible
Tenía tres rectángulos de un material que no lograba definir, varios esmaltes de uñas y ganas de crear. Entonces me quité de encima el miedo al ridículo, lo doblé prolijamente y lo deposité con delicadeza sobre el suelo.
La mesa-caos
Alguien la dejó junto a un contenedor de basura. Me acerqué con delicadeza para no asustarla. Estaba mugrienta y dañada. Su pesadumbre existencial contrastaba radicalmente con su liviandad física. Y, sí, también la rescaté.
Un perchero y muchas posibilidades
Yacían, sedientas y sin esperanza alguna, bajo el sol abrasador del mediodía. Eran varias mallas metálicas con evidentes señales de maltrato. Lo mínimo que podía hacer era ayudarlas a escapar.
Un zócalo para las llaves
Ahí estaba, chiquito, amoroso, tan delicado que no sabía bien cómo tomarlo entre mis manos. Parecía que aquel zocalito divino me sonreía, mientras yo me preguntaba cómo era posible que alguien lo hubiera dejado abandonado.
¡Segunda temporada! Decorar para otros
Me llevó tiempo definir mi siguiente proyecto, pero el resultado marcaría el salto hacia una nueva etapa. Empezaría a decorar espacios ajenos, con todo el disfrute y la responsabilidad que esto implicaba.
Un automóvil porta-anteojos
Le pregunté a una amiga qué guardaba en su galpón. “Vamos a ver”, respondió. Casi de inmediato, el chirrido de la puerta y una tímida hebra de luz pusieron fin al olvido. Un viejo autito rojo saboreó entonces la gloria de reconocerse descubierto.
Una señora cajita
Entonces llegó ese momento en que tuvo que decidir si iba a ser un simple objeto descartable o una creación bella y magnética. Aquella caja de cartón se jugaba así su autoestima y su futuro, y lo sabía.
Una estantería para engalanar el baño
Ella quería librarse de aquella estantería y de los densos recuerdos amorosos que llevaba adheridos a la madera. Llegué de visita antes de que la sacara a la calle. Me la ofreció y le dije que sí. Le limpiaría esos recuerdos con un trapito.
Los frascos, esenciales en la cocina
Frágiles y resistentes a la vez, los frascos de vidrio aportan un valor enorme hasta a la cocina más diminuta. Ya despojados de mermeladas y cafés, muestran su interior sin inhibiciones y se vuelcan por completo a la decoración y la funcionalidad.
Una valiosa mesa rodante
Sin importar cuánta prisa llevara, fui desarrollando en cada trayecto una mirada analítica inusual: nunca se sabe qué sopresa te puede deparar el próximo contenedor. Junto a uno encontré esta mesita.
Dúo color de rosa
Es curioso: justo cuando yo estaba necesitando un par de sillas aparecieron estas dos frente a mí. No pude resistir la tentación y acepté encantada este oportuno regalo de la acera.
Renovando una silla con mínimos recursos
Había una vez una oficina que estaba actualizando su equipamiento. Sus dueños decidieron deshacerse de sillas (de ese modelo típico de sillas-de-sala-de-reunión) que lucían realmente deterioradas pero no por eso perdían funcionalidad. Rescaté una.
Tres bonitos banquitos
Tres cajas de plástico desechadas sirvieron esta vez para hacer banquitos. Y, de paso, también para crear un espacio verde (literalmente), cosa que siempre es bienvenida en un patio urbano donde el césped no es una posibilidad.
Objeto decorativo multiuso
Con el tiempo me fui dando cuenta de que muchos de los tesoros más valiosos me esperaban al lado del contenedor de residuos (y no adentro, digamos). Este caso es uno de los ejemplos más representativos.
Un cómodo sofá y su mesa ratona
Tenía un patio con potencial, pero totalmente vacío. Un buen día, un vecino abandonó en la vereda un sofá deteriorado. No pasó mucho rato hasta que lo encontré. Decidí dejar la pesada estructura y me llevé varios almohadones.
Un ropero-escalera
No tenía ningún tipo de ropero y tampoco dinero para comprarlo. Así empecé con esta aventura de convertir un objeto en otro. ¡Esto del suprarreciclaje tiene algo de magia que cautiva!