El sofá que me esperaba en el salón del sótano era, literalmente, una belleza. Pero el paso del tiempo había dejado huellas en él, y comprendí que mi tarea sería disimularlas.
Enmarcado en una estructura de madera de bordes redondeados y una indiscutible elegancia, aquel mueble de tapizado azul me deslumbró desde el primer momento. Entonces no quise cambiarle demasiadas cosas, y decidí que la mía sería adrede una intervención mínima.

Limpié primero la madera y luego el resto. El sofá había permanecido en el sótano durante la reforma, sin la adecuada protección, y se notaba. Por supuesto que también lo ventilé al aire libre.
La tela se veía gastada, fundamentalmente a la altura del asiento, y tenía algunas marcas y manchas en una de las esquinas del respaldo, justo allí donde el mismo se fundía con el apoyabrazos.

La primera solución fue incorporar una chalina de color azul marino que, aunque se veía completamente nueva, había sido descartada y, por lo tanto, era susceptible de ser suprarreciclada.
Así, lo único que hice fue envolver con la chalina el almohadón que servía de asiento. Me encantó el resultado. Ya he dicho varias veces que las chalinas, bufandas y pashminas son recursos extraordinarios en materia de decoración y suprarreciclaje.

Luego, justo en la parte manchada del respaldo, agregué un almohadón donado de color arena que ostentaba también una delgada franja azul.
Y nada más. Con un operativo bien básico había suprarreciclado tres objetos en simultáneo (el sofá, la chalina y el almohadón).
Le sumé una mesa rectangular de dos pisos que alguien había dejado en el sótano. Yo habría preferido una más pequeña, pero consideré que igual aportaba armonía al conjunto por ser de un color similar a la madera del sofá. Y también porque la mesa-caos que originalmente había diseñado para aquel sótano ya estaba instalada en un nuevo hogar, que se negaba rotundamente a abandonar (parece mentira lo caprichosas que pueden ser algunas mesas).

Sobre la actual coloqué una (descartada) cuchara de acero inoxidable, de las que se usan para apoyar los cucharones en la cocina, pero me divertí redefiniéndola como objeto decorativo. A tal fin ubiqué en ella varias piñas (reales, no como las que se venden por ahí), que confirieron un toque de naturaleza a este living.
Al ventanal no le agregué cortinas a propósito, buscando aprovechar la luz natural por la mayor cantidad posible de horas. O sea, permitiendo el máximo ahorro energético y, por ende, redoblando la apuesta a la sostenibilidad.
Bajo ese ventanal coloqué el cajón-bodega.
El salón se completó con un televisor y su respectivo mueble, ambos preexistentes allí, y la estantería con el reloj detenido con la que había empezado la segunda etapa de esta aventura de suprarreciclaje.
Y así fue como finalicé el diseño de aquel sótano.
Porque, cuando apenas me faltaba dedicarme a la zona de dormitorio, el sótano se alquiló y tuve que dejarlo inconcluso. Un extraño habitaría aquel espacio que me había insumido tanta dedicación.
Comprendí entonces que siempre recordaría aquel proyecto con gratitud.
Pensé que, como le había ocurrido al sofá azul, el paso de todo ese tiempo también había dejado huellas en mí. Pero que en mí, a diferencia del sofá, serían ya indisimulables.
Era hora de ir por más.
