Un servicio de bar se deshizo de un montón de vasos. En simultáneo, una familia donó platos que ya no iba a usar. El sótano, más que agradecido.
Esta vez el destino sería la estantería empotrada en la pared ubicada frente a la pequeña cocina del sótano que estaba decorando. De líneas simples, de color blanco, cual lienzo listo para la creación.

Y qué mejor que estos vasos y estos platos, que además de poder utilizarse en sus funciones primordiales (o sea, para beber y comer respectivamente) también se convertirían en objetos decorativos. Porque hay que saber detectar potencial de transformación en cada elemento. En otras palabras, no hay nada que no tenga potencial. Todo puede ser otra cosa.
La versatilidad del objeto no radica en el objeto mismo sino en tu capacidad de conferirle nuevos significados. Es por eso que al suprarreciclaje se lo conoce también como reciclaje creativo. Y es que la creatividad, se sabe, no tiene límites. Y el universo de las resignificaciones tampoco.
La decoración de esta estantería fue también un proyecto de suprarreciclaje porque, de no haber recuperado estos vasos y estos platos, todos ellos habrían sido descartados definitivamente.
Nunca hay que descartar nada. Y no te lo digo solamente porque hay que consumir de manera responsable, o porque desde estas líneas apoye la economía circular. Te lo digo también porque, en un contexto mundial tan complejo como el que ha generado el coronavirus, solamente se puede lidiar con la incertidumbre tomando conciencia sobre lo que tenemos más que sobre lo que nos falta.
Que cada plato recuperado sea un logro, que cada vaso que no fue a parar al bote de la basura sea un triunfo, que no echemos por la borda todas esas cosas que produjimos con tanto esfuerzo.

Volviendo a la estantería, el procedimiento fue bien sencillo. Dispuse en los pisos superiores las distintas series de vasos según su diseño y marca. Con “marca” me refiero a que, como procedían de un servicio de bar (de esos que se contratan para fiestas), tenían impresos los logos de conocidas bebidas alcohólicas. En el estante superior coloqué la única serie que venía sin sobreimpresos.
En los dos pisos inferiores puse los platos, por supuesto que ordenados según su forma y diseño (que luego -¿casualidad?- me di cuenta era muy similar al logo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) adoptados en 2015 por la Organización de las Naciones Unidas).
La estantería ya estaba lista. Y todo había consistido, apenas, en conferir a todos esos objetos un orden. En organizar conjuntos. En establecer simetrías. En repetir pautas.
Eso. Repetir pautas. Repetir pautas puede ser un arte.
¿Cómo no me di cuenta antes?