Cocina ajena con sello propio

Me encanta cocinar. Quizás por eso me regocijó la sola idea de convertir aquel rincón en el más hogareño del sótano.

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Crédito: Preciosa Basurita

Dentro de no mucho tiempo, sabores y esencias se concentrarían en esa cocina tan compacta como indispensable, cuya decoración, además de armonía, requería de una particular eficacia.

No pude evitarlo: desde el primer momento sentí que ese espacio era mío. Pero no.

Lo primero que hice fue dedicarme a la heladera, cuya superficie es siempre ideal para dejarse llevar por la creatividad. Hacía ya mucho tiempo había hecho una cajita magnética que permitía acceder con facilidad a las bolsitas biodegradables en las que guardaba mis viandas cotidianas. Esta vez haría algo distinto.

Primero recolecté varios de esos típicos imanes con avisos publicitarios que todo el mundo encuentra y que pocas veces guarda: el del plomero, el electricista, el cerrajero… Las posibilidades son inifinitas, pero el destino final suele ser el mismo: el tacho de basura.

De todos los que tenía, elegí tres del mismo tamaño. Entonces pinté (¡sí! con esmaltes de uñas) los lados donde estaban impresas las publicidades. Cuando la base de color rojo estuvo seca, junté los tres y, por encima, hice una flor, bastante similar a las de mis maderitas apretalibros. Bastó un círculo pintado de azul en el centro y unos pétalos amarillos.

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Crédito: Preciosa Basurita

Decidí que, aunque variara las combinaciones, me valdría de la figura de la flor y de los colores primarios para dar lugar a algo así como un sello distintivo de la cocina.

Más tarde lo volvería flexible, combinando los tres colores de maneras distintas según el objeto. Entonces, al tríptico imantado (que ubiqué en la heladera separando a propósito las tres partes) sumé luego un pomo para el detergente, que antes había estado habitado por una salsa.

Tras despojarlo de etiquetas y lavarlo y secarlo bien, pinté sobre uno de sus lados otra flor, esta vez con los pétalos azules y el centro rojo. Cuando lo rellené, el detergente amarillo también pasó a cumplir una función estética.

¿Qué hacer con los estantes? Para decorar el de más arriba me serví de tres frascos de mayonesa desechados, sobre los cuales también pinté sendas flores. Esta vez el centro fue azul, como las tapas, y los pétalos rojos.

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Crédito: Preciosa Basurita

En el inferior coloqué tres frascos de vidrio donados, que algún día se utilizarían para guardar alimentos pero que, por ahora, exhibirían con fines decorativos productos descartados. En el primero de ellos coloqué corchos de botellas de vino, como los utilizados para el cajón-bodega. En el segundo, tapas blancas. Y, en el tercero, tapas azules.

También suprarreciclé el corazón de cerámica que venía adosado al del medio; originalmente era blanco, pero gracias a mis esmaltes quedó rojo y amarillo, aportando otro bienvenido toque de color dentro de la paleta que venía usando.

Volviendo al mármol, en una esquina puse un frasco, otrora de café, similar a aquellos con los que una vez había decorado mi baño, pero en esta ocasión lo usé para organizar cucharones.

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Crédito: Preciosa Basurita

Estuve a punto de estampar también una flor sobre el vidrio del frasco, pero me pareció excesivo, así que lo dejé así, al natural. (Aclaro que los cucharones que se ven en la foto fueron donados y por eso forman parte del conjunto, pero te recuerdo que, a la hora de cocinar, es mejor evitar utensilios plásticos, que al calentarse desprenden el tóxico Bisfenol-A).

Ya prácticamente estaba todo pronto cuando noté que quedaban vacíos en el extremo derecho de los estantes. La verdad es que no los habían considerado en la obra original, incluyéndolos luego de manera muy poco natural. Habían retirado una puerta del armario para poder insertarlos, y se notaba, en un resultado que se me antojaba desprolijo.

Así, intenté disimular el error y coloqué en la parte interior superior una botella descartada (y vacía, claro) de licor. Luego, abajo, puse tres libros, forrados con un papel amarillo que –literalmente- había extraído de dentro de la papelera de una mueblería, ocultando las ofertas impresas del lado interior. En cada lomo escribí títulos de supuestos recetarios, con la idea de que un día alguien más ubicaría allí sus (verdaderos) libros de cocina.

El toque final fue un reloj que habían dejado en el sótano (y que funcionaba, no como el reloj detenido con el que coroné la biblioteca del salón). Cabía justo dentro del cuadrado sobrante, por lo que ni siquiera tuve que colgarlo, se adaptó solito.

Contemplar la cocina ya lista me hizo feliz por unos instantes.

Había tanto de mí en ese espacio. No pude evitar sentir que era mío. Pero no.

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Crédito: Preciosa Basurita