Decorar espacios ajenos ya era para mí toda una responsabilidad cuando me enfrenté a un plus: el baño. Ya habían puesto una cortina en la ducha, con un estampado que jamás habría elegido, pero decidí respetarlo y adaptar el conjunto a ese detalle preexistente.

Como conté en mi post anterior, había vuelto al sótano para el cual un año antes había elaborado un plan de diseño a partir de objetos suprarreciclados.
Entonces lo había dividido en varias zonas, para cada una de las cuales había hecho un miniplan, y la suma de todos los miniplanes daba como resultado el Proyecto Sótano.
Tiempo después de haber empezado a ejecutarlo, se inició en ese lugar una reforma que insumió varios meses.
Con la obra fueron desapareciendo los rastros de aquel diseño primero: la pared con las perchas, el zócalo portallaves, el perchero, el cuadro reversible. La mesa-caos me la había llevado para que no se estropeara. El cajón-bodega esperaba pacientemente ser llamado a escena.

De repente no quedaba casi nada de todo aquello que tan primorosamente había ordenado dentro de los confines de un plan. Había que empezar de nuevo.
Y como una de las novedades que había generado la reforma era un baño, decidí abocarme a la decoración de ese espacio, que como he contado en otra oportunidad suele ser un desafío en sí mismo.
Además de la cortina de la ducha, habían dejado una toalla verde manzana y un cepillo para inodoro que combinaba ese mismo color con blanco. Esos tres elementos fueron definitorios de aquel gusto ajeno que me proponía respetar.
Primero tomé un individual descartado, que también era verde manzana y que me había sido donado justo antes de ir a parar al bote de residuos. Luego, un fragmento de la misma floreada cortina de la ducha, que había sido recortada por ser demasiado ancha.
El individual tenía manchas de comida de las que no se quitan al lavarlo, por lo cual se me ocurrió utilizarlo al revés. El lado posterior se veía mucho más nuevo.

Con el retazo de cortina formé una tira del mismo ancho que un rollo de papel higiénico. Cosí el extremo superior y el inferior, dejando suficiente espacio en el medio para ubicar el rollo.
De la misma cortina recorté por separado un par de flores de distintos tamaños y las cosí a modo de parche en la parte inferior del individual. A último momento decidí evitar costuras arriba, a fin de que, llegado el caso, pudieran utilizarse también como pequeños bolsillos.
Finalmente, di un par de puntadas en los dos extremos superiores del individual para poder colgarlo. Y entonces, el toque final: un par de ganchos adheridos a los azulejos. Listo. Ya tenía un lindo accesorio para guardar (un) papel higiénico, y también para darle notoriedad en el conjunto del baño. Y es que este producto tan importante, que en tiempos de coronavirus ha cobrado un sorprendente protagonismo, se merecía un reconocimiento… ¿no?

En otro plano, pero siguiendo en el baño del sótano, tomé tres frasquitos descartados, que eran de vidrio (siempre útiles) y tenían sendas tapas blancas con lunares de color… ¡sí! verde manzana, siempre buscando la armonía cromática. Luego de limpiarlos bien los rellené con flores rosadas (otro de los colores de la cortina en que me estaba basando), similares a aquellas con las que un día había hecho volar a mis chancletas.
Cuando estuvieron prontos, dispuse los tres frasquitos sobre el tanque del inodoro. Y justo encima, colgado de los azulejos inmediatamente superiores, un cuadro con un bello marco de madera. El cuadro, que también recuperé, exhibía originalmente el dibujo de una rosa amarilla. Yo lo abrí, lo limpié y di vuelta la flor, escribiendo sobre la parte blanca la frase “There’s no place like HOME”.

Finalmente, me dediqué a la pileta. Y entonces saqué a relucir un azucarero descartado, rosado y blanco (o sea, respetando otra vez la línea cromática). Pero decidí dar un giro inesperado en la vida de ese objeto tan hermoso: ahora serviría para colocar los cepillos de dientes. Así, lo ubiqué en una punta de la pileta y, en la otra, un par de jabones artesanales a tono (lo único de todo esto que era nuevo, digamos, nunca desechado por nadie).
Desde un rincón del baño, observé el resultado final de mi intervención y sonreí. Qué lindo es a veces salirse de los confines de un plan.

