Había pasado un año desde que me aventurara en un galpón ajeno. Supe que era el momento justo para sacar a relucir otro de los tesoros encontrados en aquel territorio, a priori tan desolador como un tiempo que ha dejado de latir.

Se trataba de un reloj de mesa que ya no funcionaba ni funcionaría, rojo, bello, tan armónico en su silenciosa estampa. Cuando me topé con él en aquel galpón (de donde había salido también mi automóvil portagafas) no pude menos que maravillarme. No todos los días se encuentra una cajita llena de tiempo.
Porque lo que importa verdaderamente de un reloj detenido no son ni los números ni las agujas, ni la forma, ni el tamaño, ni el color, sino la suma de todos los momentos inolvidables que conserva en su interior.
A veces basta apenas con mirarlo para que el tiempo vuelva a pasar como si fuera una película. Dicen que, especialmente en marzo, si se lo observa bien es posible ver una guitarra, una foto en patines, disfraces, las cartas de un montón de robamontones y hasta un grupito jugando a las escondidas en la vereda. Y que, si se presta todavía más atención, de vez en cuando se oye surgir de entre el silencio las voces de unos cuentos bien contados y los acordes de una canción disparatada.

Nadie definió el ideal cronológico mejor que la argentina María Elena Walsh (1930-2011), quien en su Marcha de Osías sintetizó: “Quiero tiempo/pero tiempo no apurado/tiempo de jugar/que es el mejor”.
¿Qué hacer, entonces, con un reloj que se detuvo cuando todavía era tiempo de jugar?
Sin hallar una respuesta, tuve clara mi necesidad de honrar cada una de las milésimas de segundo que me devolvía este objeto, ahora reluciente porque había decidido hacerlo brillar.
Para conferirle el sitial de privilegio que se merecía, lo coloqué en el piso superior de una biblioteca o estantería vertical preexistente en el sótano que me volvía a convocar.

Decidí que, en línea con el color del reloj, el rojo sería el común denominador del conjunto.
En el piso inferior coloqué una lata de té descartada y un poco abollada, que sin embargo no intenté retocar por entender que lucía más natural así. En el siguiente, tres latas de gaseosa, que reiteré simétricamente más arriba.
En el tercer estante, siguiendo la cuenta desde abajo, agregué un frasco de vidrio, originalmente de café, con tapa roja, y en el que incluí tapitas -también rojas- de botellas. Ya me había valido de este recurso (así como de las latas de gaseosa) antes, en mi objeto decorativo multiuso.
Finalmente, dispuse en el siguiente estante una taza del mismo color, único elemento que nadie había desechado, sino que apenas cambié de lugar para su incorporación a la estantería.
Y, claro, en la cima el reloj.
Con la guitarra, la foto en patines, los disfraces. Con las cartas de un montón de robamontones y con el grupito jugando a las escondidas en la vereda. Con las voces de unos cuentos bien contados. Con los acordes de una canción disparatada.
Es increíble todo lo que se puede encontrar dentro de un reloj detenido si se lo sabe observar bien. Especialmente en marzo.
