Bolsillos para organizarlo (casi) todo

Me entusiasmé tanto con el suprarreciclaje textil que, un buen día, me encontré dedicándome a una tarea que hasta entonces no me había gustado ni un poquito: la costura.

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Crédito: Preciosa Basurita

En algún momento tenía que ocurrir. Disponía de un montón de telas desechadas por aquella fábrica de cortinas, y hasta ahora me las había arreglado para suprarreciclarlas sin aguja ni hilo. Como cuando hice aquel revistero a partir de uno de esos catálogos rescatados, o como cuando, mucho tiempo antes, creé aquel sofá para exteriores a partir de tejidos similares.

Pero ahora había llegado el momento de pasar a la siguiente etapa, así que me armé de valor e intenté ser lo más prolija posible, intentando no perder el hilo.

Esta explicación no está de más. Siempre fui muy clara al decir que la costura no era lo mío… y no es que lo sea ahora, pero me da tanto gusto el resultado que he decidido tomármelo como un desafío.

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Crédito: Preciosa Basurita

Aunque me pinche. Aunque me duela. Aunque tenga que coser y descoser y volver a coser varias veces, empezando cada vez de cero.

Lo que me importa es empezar, y confiar en que el hilvanado me conducirá a una puntada más certera. Con la conciencia, también, de que mi nueva obra siempre penderá de un hilo. Pero… ¿existe acaso algo que no penda de un hilo?

Así que, esta vez, tomé otro catálogo de cortinas (que antes alguien consideró basura, repito, y si lo repito es para convencerme de esto que me parece increíble), con las telas de color blanco, beige y gris dispuestas de forma vertical, como en el caso del revistero.

Luego, de otro catálogo bien distinto, con colores intensos, tomé apenas un pedacito para recortar un corazón rojo. Podría ponerme analítica y hablar de mi inspiración pop, como en mi cuadro reversible, pero la verdad es que fue básicamente una opción amorosa. Quien pone el corazón nunca se arrepiente.

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Crédito: Preciosa Basurita

Entonces, doblé hacia arriba un tramo de la primera tela del catálogo, lo que entre otras cosas invisibilizaría una mancha de tinta, ocultándola en el interior de lo que luego transformaría en un bolsillo. A continuación, tomé la aguja y enhebré el hilo rojo para coser el corazón en el extremo superior derecho.

Cuando, tras varios intentos fallidos, finalmente me quedó bien, me dediqué a coser, con el mismo hilo, los extremos laterales del bolsillo, acción que reiteré con los siguientes.

Al rato estuvieron listos los tres bolsillos. Igual que en el caso del revistero, di el toque final pintando el cartón que sujetaba desde arriba todas las muestras… una vez más con esmalte de uñas, que es a esta altura mi sello distintivo. Y no pienses con esto que me agrandé, pero creo que voy adquiriendo un estilo definido… ¿no?

De hecho, estos bolsillos siguieron la misma línea cromática que el revistero.

Me gustó tanto el resultado que después hice otro organizador similar, que me quedó mejor que el primero.

Entonces me di cuenta de que, como el collage, la costura, a su manera, también sirve para juntar los pedacitos.

A pesar de los pinchazos, a pesar del dolor.

Qué bueno no haber perdido el hilo.

Qué bueno haber podido poner el corazón.

 

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Crédito: Preciosa Basurita