Una fábrica de cortinas desechó un montón de catálogos. En improvisada fiesta de texturas y colores, me rendí ante los encantos de esos tejidos espléndidos.

Por esto, no fue tan sorprendente esta demora desde mi último post. El tiempo que me llevó volver a escribir fue el mismo que dediqué a suprarreciclar telas.
Fui deleitándome ante cada pequeña muestra de cortina, o excortina, y descubriendo con admiración cada nuevo estampado. Además, puede ser una vivencia única el diferenciar apenas al tacto un símil terciopelo de un algodón o una seda, explorando contrastes como si nunca más.
Así comprobé nuevamente algo sobre lo que hasta ahora no había escrito: creo que el suprarreciclaje apuesta a una suerte de mindfulness del producto. Porque exige tomar conciencia sobre el objeto y sus infinitas posibilidades, sobre una utilidad y una belleza que son irrenunciables independientemente del contenedor de basura en el que las traten de esconder.

Perdón por esta introducción tan larga, pero me pareció imprescindible. Eludirla sería como hacer una maratón de La casa de papel y pulsar Skip Intro cada vez que va a empezar un capítulo… Un pecado, ¿no?
La cuestión es que empecé seleccionando un catálogo de corte vertical, de distintas tonalidades del color arena, con reminiscencias playeras, y que de algún modo me pareció ya armado para lo que iba a hacer con él. Sin duda, lo más poderoso es la idea.
Entonces, el proceso constó de apenas dos pasos. Primero, retiré una tela larga, entera, que iba adosada por atrás. Y luego pinté –sí, adivinaste: ¡con esmalte de uñas!– el cartón que sujetaba todas las muestras desde su extremo superior, cubriendo así la marca y confiriéndole al conjunto un toque de color (un rojo oscuro que quedó casi bordó).

De este modo, aproveché el gancho-símil-percha que coronaba el cartón para colgarlo, y el corte ya armado de los fragmentos de tela que permitía albergar en su interior algo que decidí serían diarios o revistas. Así nació un bello revistero.
¡Cuántas cosas más nacerían!
Todo esto me llamó a nuevas reflexiones. Me di cuenta de que el suprarreciclaje implica una mirada optimista sobre el objeto, al asignarle un futuro que otro no creyó posible.
Es como un barajar y dar de nuevo, confiando en que las próximas cartas serán mejores, aún cuando sobre el mazo se cierna un signo de interrogación. O dos.
En definitiva, estas telas tan sabias me recordaron que lo más importante es siempre respetar la fibra.