Un revistero de cortinas

Una fábrica de cortinas desechó un montón de catálogos. En improvisada fiesta de texturas y colores, me rendí ante los encantos de esos tejidos espléndidos.

telas1
Crédito: Preciosa Basurita

Por esto, no fue tan sorprendente esta demora desde mi último post. El tiempo que me llevó volver a escribir fue el mismo que dediqué a suprarreciclar telas.

Fui deleitándome ante cada pequeña muestra de cortina, o excortina, y descubriendo con admiración cada nuevo estampado. Además, puede ser una vivencia única el diferenciar apenas al tacto un símil terciopelo de un algodón o una seda, explorando contrastes como si nunca más.

Así comprobé nuevamente algo sobre lo que hasta ahora no había escrito: creo que el suprarreciclaje apuesta a una suerte de mindfulness del producto. Porque exige tomar conciencia sobre el objeto y sus infinitas posibilidades, sobre una utilidad y una belleza que son irrenunciables independientemente del contenedor de basura en el que las traten de esconder.

revistero_antes_2
Crédito: Preciosa Basurita

Perdón por esta introducción tan larga, pero me pareció imprescindible. Eludirla sería como hacer una maratón de La casa de papel y pulsar Skip Intro cada vez que va a empezar un capítulo…  Un pecado, ¿no?

La cuestión es que empecé seleccionando un catálogo de corte vertical, de distintas tonalidades del color arena, con reminiscencias playeras, y que de algún modo me pareció ya armado para lo que iba a hacer con él. Sin duda, lo más poderoso es la idea.

Entonces, el proceso constó de apenas dos pasos. Primero, retiré una tela larga, entera, que iba adosada por atrás. Y luego pinté –sí, adivinaste: ¡con esmalte de uñas!– el cartón que sujetaba todas las muestras desde su extremo superior, cubriendo así la marca y confiriéndole al conjunto un toque de color (un rojo oscuro que quedó casi bordó).

revistero_sin_revistas
Crédito: Preciosa Basurita

De este modo, aproveché el gancho-símil-percha que coronaba el cartón para colgarlo, y el corte ya armado de los fragmentos de tela que permitía albergar en su interior algo que decidí serían diarios o revistas. Así nació un bello revistero.

¡Cuántas cosas más nacerían!

Todo esto me llamó a nuevas reflexiones. Me di cuenta de que el suprarreciclaje implica una mirada optimista sobre el objeto, al asignarle un futuro que otro no creyó posible.

Es como un barajar y dar de nuevo, confiando en que las próximas cartas serán mejores, aún cuando sobre el mazo se cierna un signo de interrogación. O dos.

En definitiva, estas telas tan sabias me recordaron que lo más importante es siempre respetar la fibra.