Tan curtido estaba el par viejo que, antes de que colapsara, decidí comprarme uno nuevo para cambiar de pisada. Igual conservaría el anterior. Los caminos andados van conmigo a todos lados aunque esté descalza.

Lo cierto es que aquel calzado que en algunos países llaman “ojotas”, en otros “romanitas” y, en otros, simplemente “chancletas”, estaba a punto de experimentar un cambio de timón.
Un día, caminando, pasé por una acera llena de florcitas rosadas. El sol las había secado, confiriéndoles un crujiente encanto del que carecían las que todavía habitaban el árbol. Su destino parecía claro: o bien las barrerían o bien las pisotearían.
Es que, de tanto acostumbrarse a su belleza, mucha gente ni siquiera repara en su presencia y les pasa por encima.
A veces sucede que algunas florcitas tienen suerte y remontan vuelo con algún viento amigo. Pero son las menos.

Así fue que decidí aunar el rescate de las chancletas y el de las florcitas, aliviándoles el recorrido. Ha de ser doloroso caer del árbol.
Limpié muy bien las chancletas y me puse a escuchar al gran Fito Páez. Tomé la primera y empecé a pegar las flores.
Una a una, las florcitas iban adhiriéndose: ya no se dejarían pisotear. Ahora piloteaban la chancleta. Cada vez eran más.
Luego repetí el procedimiento con la segunda.
Y ahí, justo cuando Fito cantaba “Yo no sé dónde va / yo no sé dónde va / mi vida / Yo no sé dónde va / pero tampoco creo que sepas vos”, mi obra quedó lista. Lista para decorar espacios propios o ajenos, para participar desde una mesa o un sillón, para recorrer nuevos caminos.
Entonces me dije a mí misma que, igual que Fito, yo tampoco sé dónde va mi vida.
Yo voy adonde me lleven mis chancletas. Y si tengo suerte, como les sucede a algunas florcitas, con el próximo viento remontaré vuelo.
