Tenía tres rectángulos de un material que no lograba definir, varios esmaltes de uñas y ganas de crear. Entonces me quité de encima el miedo al ridículo, lo doblé prolijamente y lo deposité con delicadeza sobre el suelo.

Había encontrado aquellos rectángulos de color gris en el sótano que estaba decorando. Estaba claro que antes habían servido de relleno en la caja de algún electrodoméstico, pero no tenía idea de cuál. No eran de espuma plast/telgopor, sino de una fibra más compacta y sólida.
Primero los uní con cinta adhesiva de doble faz, ya un clásico (también usado para la cajita magnética, las perchas decorativas y el zócalo portallaves, por ejemplo). Listo. Ya tenía la base para otra de mis preciosas basuritas. Esta vez haría un cuadro.
La tarea que tenía por delante requería muy buena música, y por eso recurrí a uno de los mejores cantautores de todos los tiempos: Jorge Drexler.

Puse Sea y tomé el primero de aquellos esmaltes que había comprado especialmente para la ocasión. Aclaro esto porque yo no uso esos colores de esmaltes, que en cambio me parecieron muy adecuados para pintar. Y además eran muy baratos, tanto en relación a sus pares como, por supuesto, a las pinturas destinadas a fines artísticos.
Coloqué horizontalmente la base que había armado con las tres barras y empecé a dibujar. Con el esmalte amarillo hice un sol bien grande sobre la esquina superior derecha.
En realidad estaba jugando, haciéndome la artista y riéndome de lo básico de mi dibujo. Especialmente cuando tomé el esmalte azul para representar un mar, que se veía bien hasta que se me ocurrió hacer tres olas. Parecía que una de ellas le iba a pegar al sol. Al advertir esta desproporción no logré contener la carcajada.

Pude haberme valido de acetona para eliminar la ola; al fin y al cabo, se trataba apenas de esmalte de uñas. Sin embargo, decidí dejarla. Primero, porque me había hecho reír y solamente por eso ya había valido la pena. Pero además porque, como si se tratara de un dibujo infantil, el hecho de que el sol fuera desproporcionadamente más grande que la ola que trataba de pegarle me resultaba muy positivo.
“Me tomó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño”, dijo una vez Pablo Picasso (1881-1973). O por lo menos dicen que dijo. Sus palabras se ajustaban a mi sensación de regreso a esa época de la vida en que eso era una ola porque una así lo había decidido, qué también.
Para los rayos del sol mezclé amarillo, naranja y fucsia, alternándolos, pintando con un color encima del que había pintado antes, diciéndome a mí misma frases como «me quedaron de lo más impresionistas». ¿Grandilocuente yo?
Estaba divirtiéndome ante mi ignorancia en materia de técnicas y mi atrevida vocación de improvisar. Decidí darle una segunda mano de esmalte al sol y al mar, porque en cualquier caso iba a quedar mejor (¡y eso lo sabe cualquiera que alguna vez se haya pintado las uñas!).

Para cuando terminé mi pequeña obra, Drexler ya había cruzado Al otro lado del río.
Yo había pasado tan bien que quería más. Así fue como decidí que el mío sería un cuadro reversible, que podría usarse de los dos lados. Esto también me reafirmaba en uno de los conceptos fundamentales del suprarreciclaje: cuanto más se reaproveche, mejor.
Cuando el esmalte se secó, di vuelta el cuadro (que esta vez usaría verticalmente) y me dediqué a dibujar algo mucho más básico: un corazón. Volví a usar la misma “técnica”, y en algún momento hasta intenté arrojar pequeñas manchas de esmalte. Por un segundo, yo, que para entonces estaba trabajando sobre el suelo, me pregunté cómo habría sido un cuadro de Jackson Pollock (1912-1956) pintado con esmalte de uñas y me volví a reír ante tan disparatada imagen.
Inmediatamente desistí; no más manchitas. Mi corazón dibujado no tenía nada de abstracto. De hecho, temáticamente estaba más cerca del arte pop, pero ¿a quién le importaba? Apenas bajándome del delirio artístico al que me había encaramado, reflexioné sobre el extraordinario efecto psicológico que puede generar el esmalte de uñas.
Este cuadro también formaría parte de la Zona 2 de mi Proyecto Sótano (para la cual antes había suprarreciclado la mesa-caos). Quien habitara ese espacio podría decidir cuál de los dos cuadros prefería ver. Y si la respuesta era “ninguno de los dos”, el material era tan liviano que podría descolgarse y guardarse en cualquier parte.
Como siempre, lo bueno es que existan opciones. Y que, como dijo Lavoisier y confirmó Drexler, nada se pierda y todo se transforme. Amén.