Alguien la dejó junto a un contenedor de basura. Me acerqué con delicadeza para no asustarla. Estaba mugrienta y dañada. Su pesadumbre existencial contrastaba radicalmente con su liviandad física. Y, sí, también la rescaté.

Mi Proyecto Sótano se ha vuelto una linda oportunidad de brindar un hogar a tantos objetos que están solitos y desamparados. Nuestra relación no podría ser más perfecta: yo les hago bien a ellos y ellos me hacen bien a mí.
Con esta mesa decidí iniciar el diseño de la Zona 2 del sótano; antes me había dedicado a la Zona 1 con las perchas decorativas, el zócalo portallaves y el perchero vertical.
Entonces saqué a relucir unas coloridas revistas viejas y, como jugando, empecé a recortar imágenes atractivas y palabras positivas. Para ambas cosas fueron muy útiles las notas pero también, y en especial, las publicidades impresas, que suelen ser una fuente de inspiración a la hora de suprarreciclar.

Luego fui disponiendo los recortes sobre la mesa y evaluando cuál sería la mejor combinación.
La siguiente etapa fue todavía más divertida, porque me puse a buscar colores que fueran solo eso, colores, y fui recortándolos a mano, y rasgándolos, y cortándolos otra vez, guiándome por la noción del valioso pedacito. Con esta expresión que (creo) acabo de inventar (¿o alguien ya lo dijo antes?) me refiero a que considero al pedacito como una unidad de valor en sí misma, y no como un mero relleno.
Y entonces llegó el momento de dejar de ensayar diseños, armarme de pegamento y lanzarme por entero a la creación. Sin miedo a ensuciarme, tratando de evitar grumos pero sabiendo que allí estarían de cualquier modo. Porque estaba a punto de hacer un collage, que no es otra cosa que el complejo arte de juntar los pedacitos.

Un collage no es como un rompecabezas, donde las piezas encajan a la perfección. Un collage es un caos, como la vida misma. El conjunto resultante será también un todo nuevo, que nunca, nunca, volverá a ser como el todo anterior, y tenderá a hallar la armonía a pesar de saberse caos.
Cuando terminé con el collage, sané las esquinas abiertas de esta mesita valiéndome de cinta aisladora roja. La misma cumplió una función de sostén (ejerciendo presión para mantener cerrados los bordes) además de estética.
A continuación, utilicé papel contact transparente para cubrir toda la superficie de la mesa y abarcar, además, los bordes ya sujetos con la cinta aisladora. Esto daría más firmeza y unicidad al conjunto, protegiéndolo también de eventuales manchas.

Interrumpo este relato para compartir algo que suelo pasar por alto: siempre que suprarreciclo escucho música. O sea, hago dos cosas que me hacen bien a la vez, y el efecto se potencia. Podría decirse que cada uno de mis objetos suprarreciclados tiene una banda sonora propia, que a la vez es prestada, claro. Por ejemplo, aunque esta mesa y yo escuchamos juntas muchas canciones, destaco que durante su restauración disfruté especialmente las de la película La La Land (Damien Chazelle, 2016), empezando por Another Day of Sun.
Vuelvo al suprarreciclaje: después de haber colocado el contact transparente me dediqué a las patas de la mesa. Casi todas estaban en muy mal estado. El tratamiento dependió del grado de daño que ostentaba cada una. A la que estaba peor la envolví primero con cinta adhesiva común pero ancha. Sobre ella dispuse otra capa de cinta aisladora roja, para que quedara bien firme y también a tono con la parte superior de la mesa.

También decidí que no fueran las cuatro iguales, sino dos rojas y dos envueltas en hilo sisal, alternándolas.
Y allí estaba, con las heridas vendadas y vestida de collage, pronta para habitar el sótano y para propiciar deliciosos cafés.
Releo lo que escribí y me doy cuenta de que este post es un caos. Como la vida misma. Como mi collage. Como esta mesa.
Quien la disfrute se habrá quedado con un pedacito de mí.