Yacían, sedientas y sin esperanza alguna, bajo el sol abrasador del mediodía. Eran varias mallas metálicas con evidentes señales de maltrato. Lo mínimo que podía hacer era ayudarlas a escapar.

Parecían haber saltado a propósito de aquella volqueta que desbordaba restos de materiales de la construcción. Apenas se incorporaron me las llevé a toda prisa, haciendo un gran esfuerzo para que nadie nos viera.
Cuando estuvimos a salvo, ya lejos de aquel sitio en reformas, me pregunté cómo haría para reconvertirlas.
Lo primero sería brindarles una ducha reparadora. Y entonces sí, mi objetivo sería asignarles un nuevo rol que les devolviera las ganas de brillar.
Empezaría por transformar una en un lindo perchero.

Este tipo de accesorios suelen ubicarse a la entrada de una vivienda u oficina. Yo decidí que sería parte de mi Proyecto Sótano. Lo colocaría en el espacio de ingreso (la zona 1, digamos) donde antes había instalado las perchas decorativas y el zócalo portallaves, pero en la pared contigua.
Aproveché entonces un clavo ya existente en esa pared para sostener la malla metálica desde arriba. Para fijarla en su parte inferior utilicé un gancho adhesivo similar al del portallaves, pero invertido. Ahora sí, tenía la base de mi nueva obra colgada verticalmente.
Por otro lado, hacía ya tiempo (¡y gracias a este blog!) me habían donado tres lindos ganchos rojos que antes habían pertenecido a un perchero enorme. El mismo había quedado en desuso porque se le habían perdido todos los demás ganchitos.

Los tres ganchos me vinieron muy bien en esta ocasión. De ellos colgué dos chalinas y una boina, que también pudieron haber sido bufandas, carteras, sacos. Me gustó cómo se veía el conjunto.
Una gran ventaja de esta malla metálica es que los ganchos se pueden colgar en cualquiera de los agujeritos según se desee.
Aparte, como comenté a propósito de la silla de oficina, las chalinas, bufandas y pashminas siempre son una muy buena opción a la hora de suprarreciclar. Primero, porque suman color y textura. Y segundo, porque en cualquier momento se las puede volver a usar como lo que son; o sea, en su función original.

En este caso sucedió lo mismo, aunque en orden inverso: colgué las chalinas como ejemplo de la función del perchero, pero en simultáneo dieron su toque estético, aportando un valor agregado a algo que sin ellas tendría mucho menos atractivo y calidez.
Es más: pienso ahora que este perchero también podría usarse exclusivamente para chalinas.
Lo que importa, en definitiva, es que esta operación de rescate permitió que nacieran opciones, reutilizando creativamente un material lleno de posibilidades.
Y que una mallita metálica que yacía, sedienta y sin esperanza alguna, bajo el sol abrasador del mediodía, pudo erguirse vertical y recuperar, sí, sus ganas de brillar.