Ahí estaba, chiquito, amoroso, tan delicado que no sabía bien cómo tomarlo entre mis manos. Parecía que aquel zocalito divino me sonreía, mientras yo me preguntaba cómo era posible que alguien lo hubiera dejado abandonado.

Lo lavé bien y entonces noté que su borde derecho estaba cortado. Tal vez por eso lo habían discriminado y hecho a un lado, tal vez por eso alguien había decidido que no encajaba en una cocina o un baño nuevos. ¿O acaso sería porque estaba un poco cascado en su parte superior?
Nada de eso importaba ahora. Ese primorcito de zócalo recibiría todos los cuidados que merecía. Yo sí le daría un lugar central (¡en mi Proyecto Sótano!), y quienes lo vieran podrían admirar su valor incuestionable.
A la hora de suprarreciclarlo decidí convertirlo en un portallaves.

Me bastó un gancho adhesivo para el frente y cinta adhesiva de doble faz para el dorso. El procedimiento fue muy sencillo.
Cuando estuvo listo lo incorporé al segmento de pared que había quedado libre junto a las perchas decorativas de la vez anterior, que no ocupaban toda la superficie sino que estaban dispuestas de modo irregular.
Entonces lo observé con total embeleso.
No podía dejar de mirar ese objeto tan bello, que ya era bello de antes pero nadie se había dado cuenta. A veces pasa.