Me llevó tiempo definir mi siguiente proyecto, pero el resultado marcaría el salto hacia una nueva etapa. Empezaría a decorar espacios ajenos, con todo el disfrute y la responsabilidad que esto implicaba.

Hacía mucho que me había mudado de aquel monoambiente con patio en el que tanto había suprarreciclado, y no tenía dónde ejercer esta bella nueva vocación que tantas alegrías me había dado.
Entonces, y también gracias a este blog, surgió la posibilidad de decorar ambientes de otras personas.
La misma amiga de cuyo galpón habían salido objetos maravillosos olvidados, como el que luego convertí en el automóvil porta-anteojos, me encomendó el sótano de su casa. Me pareció una hermosa idea porque era todo un desafío, y los desafíos son buenas ocasiones para crear.

Así fue como diseñé lo que di en llamar Proyecto Sótano, que iré compartiendo en varias entregas.
El sótano en cuestión no era el típico espacio oscuro y destartalado que se usa como depósito de trastos en una casa. Se trataba de un espacio amplio y relativamente iluminado gracias a un pequeño pozo de aire. De hecho, se veía como una suerte de loft subterráneo (y con un lindo piso flotante), ya que hasta unos años antes había sido la vivienda de alguien.
Inicié el proyecto dividiendo el sótano en distintas áreas. Primero me dedicaría al espacio de ingreso al mismo, que oficiaría de tarjeta de presentación para quien descendiera los 15 escalones que lo separaban del resto de la casa.

Linda es también la historia de cómo reuní los materiales que utilicé. Por un lado, un negocio de venta de prendas de segunda mano había cerrado sus puertas, dejando atrás un montón de perchas. Las atajé cuando estaban a punto de arrojarse al contenedor de basura. ¡Eran tantas! Tenía poca ropa, así que las suprarreciclaría.
Mientras tanto, no lejos de allí, un jardinero terminaba de instalar césped sintético y había colocado en una bolsa de residuos todos los “retazos” que le habían sobrado.
Este tipo de pasto es una opción polémica pero cada vez más utilizada, porque reduce en gran medida la huella hídrica de los jardines.

Es como una alfombra verde que se recorta para adaptarla al espacio que se desea cubrir, por eso en la bolsa había fragmentos de distintas formas y tamaños. Le pregunté al hombre si me los podía llevar y asintió.
Ya en el sótano, empecé por emplear una goma de borrar para eliminar varias de las marcas que ostentaba la pared. El método resultó muy efectivo.
También había algunos agujeros, que cubrí con cinta adhesiva decorativa (la misma que había usado para mi cajita magnética y que siempre constituye una solución en estos casos).

Y, claro, antes de todo esto limpié suciedades y telarañas, habituales en entornos cerrados y en desuso como el que me convocaba.
Luego seleccioné las perchas de colores que estaban en mejor estado y las limpié bien.
Finalmente, fueron 21 las que integré al proyecto. Me serví de cinta adhesiva de doble faz para pegarlas a la pared. En la mayor parte de los casos alcanzó con tres pedacitos para cada una. Las fui distribuyendo en forma de nube sobre la pared ubicada frente a los escalones para que fueran lo primero que se viera al abrir la puerta.

Para el toque final utilicé tres retazos alargados de césped sintético y, con la misma cinta adhesiva, los fui incorporando a la parte inferior de la pared, justo encima del zócalo.
El resultado fue un simpático hall de entrada que podría usarse para muchas cosas, y que para mí seguiría siendo una obra en construcción.
Brindo por la segunda temporada de Preciosa Basurita, que se hizo esperar pero aquí está. Que nunca nos falten proyectos, porque sin ellos habremos pasado por la vida sin percha ni gloria.