Le pregunté a una amiga qué guardaba en su galpón. “Vamos a ver”, respondió. Casi de inmediato, el chirrido de la puerta y una tímida hebra de luz pusieron fin al olvido. Un viejo autito rojo saboreó entonces la gloria de reconocerse descubierto.
El galpón no era muy grande, apenas se podía dar un par de pasos en su interior. Estaba atestado de cosas que fueron respirando, una a una, en medio de aquel bello caos polvoriento donde poco se distinguía.
Salí de allí con una canasta llena de sorpresas que iré develando poco a poco.

Una de las maravillas que encontré fue un viejo automóvil de juguete, otrora manejado a control remoto pero ya sin vestigios del mismo.
Era un coche rojo, mi color favorito, y seguramente también fue por eso que llamó mi atención.
Lo limpié muy bien, utilizando incluso hisopos húmedos para las ranuras y las ruedas. El resultado fue un rojo brillante, que sumaba presencia y auguraba un futuro iluminado a aquel auto fantástico.
Primero pensé en abrirlo y volverlo descapotable. Después pensé que no me iba a quedar bien. Más tarde pensé que, en realidad, parte de la hermosa filosofía de esta actividad radica en que para suprarreciclar no es necesario destruir, sino más bien todo lo contrario. Así que, finalmente, decidí usarlo tal como estaba.
Moví los pequeños espejos retrovisores hacia afuera, de modo que sirvieran de sostén. Y entonces, unos anteojos oscuros de felina estampa se acomodaron con elegancia sobre el parabrisas del coche. Ya estaba. Me había quedado muy pop.
El único automóvil que tuve, tengo y ¿tendré? puede aparcarse sobre una mesa o un estante y usarse para reposar gafas de sol. Sin duda tiene mucha personalidad.