Una señora cajita

Entonces llegó ese momento en que tuvo que decidir si iba a ser un simple objeto descartable o una creación bella y magnética. Aquella caja de cartón se jugaba así su autoestima y su futuro, y lo sabía.

Empezó siendo una dispensadora de bolsitas (biodegradables) para sandwiches cuyo contenido estaba llegando a su fin. Noté que, en vez de arrojarla a la basura, podría reproducir su forma con unos lindos cartones amarillos que había descartado un negocio de artículos para el hogar. Si los recortaba y adaptaba exactamente a sus medidas, el cambio sería deslumbrante.

Así lo hice. Bastaron unas tijeras y cinta adhesiva de doble cara para unir las nuevas paredes de cartón a las de la caja original, lo que, además de embellecerla, la volvería más resistente a los embates de las viandas cotidianas.

Para la parte de la abertura opté por cinta adhesiva decorativa, que también reforzaría el elemento más móvil del proyecto. Con ella también delimité los extremos y atavié los lados visibles de la caja.

A fin de que la abertura fuera también efectiva, adherí a su vértice y a la parte correlativa de la caja sendos pedacitos de velcro.

Pero mi dispensadora de bolsitas para sandwiches no podía ser solamente hermosa. También sería magnética, que es un don mucho más loable y perenne. Fue así como pegué a su parte anterior varios imanes publicitarios que de otro modo habrían ido a parar al contenedor de residuos.

Listo. Ahora solo faltaba ubicarla en la heladera, donde sería realmente práctica.

Así fue como rescaté los imanes, la caja original y los cartones empleados para su rearmado y decoración. Porque el cartón, igual que el vidrio, se puede reciclar pero también suprarreciclar, lo que es una opción más que atendible.

Aquella noche, la que ya era una señora cajita se miró en la superficie brillosa de la heladera y el reflejo le dijo que había tomado la decisión correcta.