Ella quería librarse de aquella estantería y de los densos recuerdos amorosos que llevaba adheridos a la madera. Llegué de visita antes de que la sacara a la calle. Me la ofreció y le dije que sí. Le limpiaría esos recuerdos con un trapito.
La estantería estaba como nueva. En su casa se usaba como despensa en la cocina, pero en la mía cambiaría radicalmente de rol. Halló su sitial de privilegio en mi baño, ocupando el ancho exacto que separaba la pileta de la puerta.
A veces es difícil decorar un baño, en particular porque suele ser un espacio más pequeño que el resto y al buscar optimizarlo se pierde el valor estético.
Por eso, aunque pude haber usado este mueble para guardar toallas y lociones, opté por el camino menos obvio y decidí obsequiarle un toque de estilo.
Para ello me valí de frascos de vidrio que, como señalé antes, pueden ser extraordinarios aliados en la cocina, pero que en el baño también aportan practicidad y belleza. Y es que su transparencia permite exhibir sin tapujos objetos cotidianos que de otro modo quedarían relegados a un segundo plano.
Así, mientras uno puede albergar varios esmaltes de uñas que ya no caben en ninguna parte más, otro puede estar habitado por coloridos palillos de tender la ropa. Eso hice, disponiendo de a un solo frasco por estante en los primeros dos.
Para el tercero reutilicé tres botellas de té, ya sin etiqueta y por supuesto limpias y secas, similares a las que había empleado en el objeto decorativo multiuso. En su interior coloqué jabón en polvo, otro elemento de la vida doméstica que rara vez sabe darse su lugar en proyectos de diseño.
Finalmente, en el piso inferior ubiqué una canastita con tres rollos de papel higiénico.
De este modo, ya más liviana de aquel denso pasado que le nublaba el alma, la estantería halló un nuevo presente engalanando mi baño. Siempre es bueno poder redimensionar la propia existencia.