Frágiles y resistentes a la vez, los frascos de vidrio aportan un valor enorme hasta a la cocina más diminuta. Ya despojados de mermeladas y cafés, muestran su interior sin inhibiciones y se vuelcan por completo a la decoración y la funcionalidad.
Retirar las etiquetas originales, lavarlos y secarlos bien es la etapa que precede a una acertada selección del nuevo contenido.
Una buena estrategia, también, consiste en elegir frascos de distintas formas y tamaños, lo que puede redundar en un mejor equilibrio visual si se los sabe disponer con elegancia sobre una mesada o un estante.
En unas cuantas ocasiones decidí reutilizarlos con objetivos dispares cuyo común denominador fue la armonía cromática y el espíritu hogareño. Porque se los puede emplear para guardar alimentos, sí, pero también otros productos relacionados.

De este modo, por ejemplo, diseñé una serie que combinó garbanzos, maíz y lentejas rojas, brindando un excepcional toque de calidez. Y luego otra con sobrecitos de té, galletas y hasta simpáticas canastitas para cupcakes.
Todo esto fue posible gracias al vidrio, uno de los materiales que menos contaminan el ambiente y cuya nobleza abraza a pastas y granos por igual, protegiéndolos de partículas insolentes y permitiendo su almacenamiento seguro y prolongado.
Se recicla, claro, pero suprarreciclarlo no es menos importante. Además, una de sus grandes virtudes es la transparencia. Y es que el vidrio no sabe mentir. Siempre se ve con claridad qué es lo que hay dentro del frasco.
En síntesis, la reutilización creativa de los frascos es una de las principales tareas que involucra la decoración de una cocina sostenible. Y nos recuerda que, a veces, lo que parece accesorio en realidad no lo es.