Una valiosa mesa rodante

Sin importar cuánta prisa llevara, fui desarrollando en cada trayecto una mirada analítica inusual: nunca se sabe qué sopresa te puede deparar el próximo contenedor. Junto a uno encontré esta mesita.

Me di cuenta de que la había descartado una oficina en reformas. Estaba en buen estado aunque un poco descuidada, sucia y herida por algún desconsiderado pocillo caliente.

mesita_chica
Crédito: Preciosa Basurita

No llevármela habría sido replicar la actitud de sus anteriores dueños y dejarla a merced de un destino incierto. No permitiría semejante injusticia. Las rueditas volvieron muy fácil su traslado.

Cuando la limpié quedó claro que no recuperaría su brillante blanco original. No obstante, su opacidad me pareció de lo más respetable.

También quité una gran suciedad de la parte posterior de cada piso de la mesa, tarea crucial para su acondicionamiento aunque no quedara a la vista. Aparte, limpié las ruedas.

Ahora solamente faltaba acicalarla para que pudiera participar en la vida doméstica con total soltura.

Vestí el piso de arriba con un individual negro. Para el piso de abajo bastaron unos libros y una plantita (y aquí hago un mea culpa: la plantita era en realidad una pequeña escultura de plástico, por aquello de que nadie es perfecto…).

Así fue como la abandonada mesita rodante tuvo una nueva vida en mi hogar, volviéndose un mueble esencial tanto adentro como afuera.

No hay caso: lo que para unos es superfluo para otros es fundamental, lo que para unos es una molestia para otros es una alegría, lo que para unos es basura para otros es un botín.