Dúo color de rosa

Es curioso: justo cuando yo estaba necesitando un par de sillas aparecieron estas dos frente a mí. No pude resistir la tentación y acepté encantada este oportuno regalo de la acera.

Se trataba de la acera contigua a un contenedor de basura, claro. La verdad es que estaban muy sucias y manchadas. Les adiviné un inhóspito pasado a la intemperie e, instintivamente, les pronostiqué un cálido futuro en mi hogar. No importaba que antes hubiera recuperado la silla de oficina, haría lugar para todas.

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Crédito: Preciosa Basurita

Esta vez la etapa de limpieza fue mucho más ardua de lo habitual; la reiteré una y otra vez hasta que el resultado fue satisfactorio. Luego la complementé con algunos toques de jugo de limón para eliminar la incipiente herrumbre de las patas.

Cuando finalmente estuvieron listas, coloqué sobre las sillas dos de los tres almohadones originalmente hechos para el trío de banquitos de afuera (las sillas eran para adentro, y en cualquier caso no solían usarse en simultáneo).

Y es que la reutilización creativa tiene infinitas posibilidades, porque el mismo objeto que se suprarrecicló hoy con un objetivo se puede volver a emplear mañana con otro. Y así sucesivamente. O sea que no solo se prolonga la vida útil de las cosas, sino que también se la prolonga de nuevo cada vez que se las redefine.

En síntesis, estas sillas se encontraban en perfectas condiciones de uso (en cuanto a que no requerían ningún arreglo en su estructura), y sin duda habría sido una lástima que terminaran en un basural.

“Nada se pierde, todo se transforma”, decía Lavoisier. Con esas seis palabras ofreció, sin proponérselo, la definición más acertada de la filosofía del reciclaje… y también del suprarreciclaje.