Tres cajas de plástico desechadas sirvieron esta vez para hacer banquitos. Y, de paso, también para crear un espacio verde (literalmente), cosa que siempre es bienvenida en un patio urbano donde el césped no es una posibilidad.

Lo primero, como siempre, fue limpiar bien estas tres cajas (en realidad eran cuatro, la otra fue antes convertida en mesa ratona). Lo segundo, armar los almohadones.
Para esto, usé bolsas que había descartado un negocio de artículos para el hogar; en ellas venían originalmente las sartenes nuevas y por lo tanto tenían las dimensiones necesarias para lograr el objetivo que me había propuesto.

Las medí y recorté de modo tal que se ajustaran a la base de las cajas. Luego las rellené con restos de telas desechadas por una fábrica de cortinas (del mismo conjunto de catálogos que recuperé para el sofá de exteriores) y las cerré con grampas. Luego dividí en tres una vieja chalina roja que ya no usaba, y con esos fragmentos envolví los –ahora sí- almohadones.
Como ya comenté, lo mío no es la costura… y entonces fue con cinta adhesiva que fijé esos trozos de chalina a la base de cada almohadón.

Es que lo importante es encontrar siempre la solución, ¿verdad? Y en este caso, además, no importaba lo estético porque la base del almohadón no se ve.
Para finalizar, colgué por detrás una vieja manta verde para crear un efecto vegetal, digamos, que en el conjunto proporcionó la armonía cromática que buscaba. Ommm.